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Altamirano fundó, junto a su maestro Ignacio Ramírez y Guillermo Prieto, El Correo de México.

Por: Zahit Ríos

El escritor mexicano nació  en el seno de una familia indígena, a los catorce años sin hablar todavía castellano, inició precisamente por aquel entonces un proceso de alfabetización que sorprende por su rapidez y consiguió, en 1849, una beca para estudiar en el Instituto Literario de Toluca, donde uno de sus profesores fue Ignacio Ramírez el Nigromante, un intelectual mulato y librepensador cuyo interés por la juventud indígena lo convirtió en mentor y amigo de Altamirano.

La influencia de su maestro atrajo a Altamirano, quien pronto iba a dar pruebas del doble amor (por sus raíces indígenas y por una cultura que bebe en las ardientes fuentes del romanticismo europeo) que había de dirigir y determinar las opciones más relevantes de su vida.

Estudiante de derecho en el Colegio de San Juan de Letrán, Altamirano se lanzó a la palestra política: se alineó con los revolucionarios de Ayutla, combatió a los conservadores en la guerra de Reforma (1858-1860), y más tarde, tras ponerse decididamente al lado de los seguidores de Benito Juárez, fue elegido en 1861 diputado al Congreso de la Unión, donde exigió que se castigase al enemigo; enarboló el estandarte de la patria libre y, en 1863, luchó contra el imperio de Maximiliano y la invasión francesa, alcanzando, en 1865, el grado de coronel por su participación en las batallas de Tierra Blanca, Cuernavaca y Querétaro.

En 1867, restablecida ya la República, consagró por fin su vida a la enseñanza, la literatura y el servicio público, en el que desempeñó muy distintas funciones como magistrado, presidente de la Suprema Corte de Justicia, oficial mayor en el Ministerio de Fomento y cónsul en Barcelona (1889) y París (1890).

Altamirano fundó, junto a su maestro Ignacio Ramírez y Guillermo Prieto, El Correo de México, publicación que le sirvió para exponer y defender su ideario romántico y liberal; dos años más tarde, en 1869, apareció gracias a sus desvelos la revista El Renacimiento, que se convirtió en el núcleo que agrupaba y articulaba los más destacados literatos e intelectuales de la época con el común objetivo de renovar las letras nacionales.

Su concepto del hombre y de la patria, su incansable actividad cultural, su defensa de los valores indigenistas y su decidida apuesta por las ideas de progreso justifican que se le haya situado junto a figuras míticas de la historia de México: de él se ha dicho que fue el apóstol de la cultura mexicana, del mismo modo en que Benito Juárez lo fue de la libertad.

La obra educativa de Manuel Altamirano fue también notabilísima, y puede afirmarse que, sin su figura, la cultura mexicana se habría visto notablemente empobrecida. Fue profesor en la Escuela Nacional Preparatoria, la Escuela de Comercio, la de Jurisprudencia, la Nacional de Profesores y otros establecimientos docentes; así, tanto por su vida como por su incesante magisterio, Altamirano se ganó el título de “Maestro”.

Sus novelas Clemencia (1868), Julia (1870) y La Navidad en las montañas (1871) se consideran fundacionales para la narrativa mexicana. En ellas ponía de relieve los males que aquejaban al país: el militarismo, la deficiente enseñanza y las desigualdades sociales. El Zarco, publicada en 1901, es su obra más importante; rica en matices expresivos, giros idiomáticos y descripciones del paisaje, la novela narra las aventuras de un bandido de ojos azules, líder de la banda “Los Plateados”.

En su poesía (Rimas) se identifica con el paisaje en una sentida interpretación lírica. Su abundante producción en el género costumbrista se reunió bajo el título genérico de Paisajes y leyendas, tradiciones y costumbres de México, compendio de escritos y artículos agrupados en dos volúmenes.

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