XXXIII Maratón CDMX. Crónica de alguien que no corrió (pero se cansó mucho)

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El equipo de Capital 21 fue este domingo al XXXIII Maratón de la CDMX y esto fue lo que vio.

Son las 6 de la mañana y mientras la Ciudad duerme, miles de corredores ya se preparan en la salida del Maratón CDMX ubicada en la calle Juárez a la cual yo todavía no llego. Me acabo de levantar, estoy en mi camita, dentro de mi cuarto, dentro de mi casa en la colonia Asturias. I’m not a morning person. Es súper tarde, me acicalo como puedo para después tomar la peor decisión ever: pedir un UBER para no caminar los 20 minutos que me separan del metro Chabacano.

El Centro está cerrado, es imposible llegar, me deja en Eje Central y Fray Servando. Los corredores ya salieron. Edgar Olivares, mi amigo y compañero, ya se adelantó. No me he despertado del todo. Voy caminando casi corriendo a la mitad de la calle en Eje Central. Está cerrado a la circulación. Corro, corro y cuando llego al punto de salida ya están desmontando todo ¡OUCH!

Edgar ya está en Reforma e Insurgentes. Si sigue avanzando nunca lo voy a alcanzar. Tomo una Ecobici en la Alameda y me voy velozmente por Reforma. Sigo medio dormida pero noto al contingente de corredores y al staff del Maratón que está al lado del camino repartiendo bolsitas de agua.

Se me ocurre grabar un Periscope mientras voy en la bici (no lo intenten en casa). Con una mano sostengo el celular y con la otra manejo (muy chueco) la bici. Tuve más de 50 espectadores, lo cual no está mal considerando que son las 8 de la mañana. Me siento culpable por haberme perdido el disparo de salida de los corredores.

Me llega un whats: “Te veo en el Ángel”, es Edgar. Termino el Periscope y acelero al Ángel. Me lo encuentro y me siento a salvo, le cuento todo lo que he pasado para llegar a encontrarlo y se ríe de mí. Sí, yo también me reiría. Los Vázquez Sounds están tocando justo al pie del Ángel y la vocalista (cuyo nombre no lo sé, pero sé que se apellida Vázquez), dice al micrófono: “es la primera vez que nos levantamos tan temprano para cantar. Y pues si es para animar a los corredores está padre. Vale la pena la desmañanada”.

Edgar toma algunas fotos y yo lanzo otro Periscope: la gente se queja de la mala calidad de la imagen (perdón, mi celular es basura). Los espectadores bajan y yo mejor lo desconecto. Tomo un par de fotos y las mando al grupo de WhatsApp del honorable Área Digital de Capital 21, para que el Community Manager las postee en nuestras redes. Mi Internet, como mi celular, es pésimo. “Todas las mañanas entra por mi ventana el señor sol, doy gracias a Dios por otro día más” cantan los Vázquez Sounds y me parece muy mal timing porque el día está muy nublado.

En este punto los corredores se ven muy animados y con energía. Algunos van tomándose selfies al pasar por el Ángel de la Independencia, otros van muy concentrados, algunos disfrutan de la música y le toman fotos al grupo que toca en la tarima. Es el Km 5.

“Vámonos”, me dice Edgar. Nos falta todavía cubrir otros puntos del maratón. Nos compramos un horrible café “pa’ despertar”, y nos subimos en Metro Insurgentes. No traemos el mapa de la ruta a la mano y en el Metro no hay señal. Adivinamos (bueno, él adivina) en qué estación bajarnos para llegar al Km 37. Ahí montaron otro escenario y tocarán varias bandas (recordemos que el tema del Maratón de este año fue “La Música”).

Nos bajamos en la estación Insurgentes Sur y el ruido de la música nos dice que no nos equivocamos, que llegamos al lugar correcto ¡Fiuuuf!

En el kilómetro 37 los Rebel Cats animan con La chica rockabilly. Los runners ya se notan cansados, se ve el esfuerzo de 37 km por la Avenida más grande del mundo. Las gotas de sudor, las bolsitas de agua, los que corren solos y los que van en pareja. Jóvenes y adultos mayores.

Ningún evento como este logra reunir a gente de todas las edades corriendo por el mismo fin: Van a encontrarse a sí mismos en la meta del Estadio Olímpico de CU. Han pasado meses levantándose temprano para ir a los entrenamientos, algunos seguramente dejaron malos hábitos de lado para estar al 100. Y pienso: “y yo que a los 6 km ya me cansé”.

 

¿Quiénes son estas personas? Aquí algunos datos duros sobre los que dejaron cuerpo y alma en el XXXIII Maratón de la CDMX

30 mil fueron los corredores que participaron.

42 km fue el recorrido total del Maratón desde el punto de salida en Av. Juárez hasta el estadio Olímpico de CU.

2 mil 800 fueron los voluntarios que ayudaron a los corredores durante el evento.

2 horas 19 minutos y 24 segundos, fue el tiempo que realizó Daniel Aschenik, el ganador del Maratón en la rama varonil.

2 horas 19 minutos y 49 segundos fue el tiempo que realizó Debebe Tolosa, segundo lugar del Maratón CDMX en la rama varonil.

2 horas 20 minutos y 3 segundos fue el tiempo que realizó el tercer lugar de la rama varonil, Elisha Korir Shumo.

2 horas 41 minutos y 8 segundos fue el tiempo de Shewarge Amare Alene, ganadora en rama femenil del Maratón.

2 horas 41 minutos y 54 segundos, fue el tiempo del segundo lugar en rama femenil, Misikir Demise Mekonnen.

2 horas 42 minutos y 47 segundos fueron el tiempo de Abrah Serkalem Biset, tercer lugar en rama femenil.

3 años consecutivos lleva el Estadio Olímpico Universitario siendo la meta del Maratón.

Entre los 15 mejores del mundo, se ubica ya el Maratón de la Ciudad de México.

Más de 10 mil personas acudieron a apoyar a los corredores a lo largo de la ruta del Maratón

Justo en la esquina de Insurgentes y Santander, arriba del escenario suena el rockabilly de los Rebel Cats y acá abajo, por Insurgentes, viene el contingente de corredores que ya se notan cansados. Han recorrido más de la mitad del maratón y 5 km los separan de la gloria. A simple vista sólo es un montón de gente corriendo sudorosa. Miro con detenimiento intentando tomar la foto con mi celular, me encuentro con la cara del corredor 25410, se llama Daniel. La barrera ya se rompió, los corredores tienen número, nombre y cara: “¡Échale Daniel!”, pienso mientras el policía me dice que me haga un poco hacia atrás.

 

Echo una mejor mirada a la gente que apoya a los corredores y me hacen enojar: se atraviesan como si nada la calle: Pero, ¿qué necesidad? ¿Para qué? ¿Qué es tan urgente del otro lado? De verdad, por favor, ¡no se atraviesen! Este domingo la calle no es ni de los peatones ni de los automovilistas, ¡es de lo corredores! Siempre hay un negrito en el arroz, y el conductor del concierto lo reitera: “Por favor, no se atraviesen la calle, ponen en riesgo a los corredores. Cuiden a sus mascotas. Hagan caso de lo que dicen las autoridades”. Y yo pienso: sí hagan caso. SI tuviera un altavoz los pondría a todos en su lugar; pienso en groserías que podría decir mientras le doy una mordida a mi galleta.

Daniel y Tony: su familia vino a apoyarlos con pancartas y no se van a rendir hasta no verlos cruzar la meta. Se levantaron temprano y seguramente llevan más de una hora aquí parados. El clima es amable: está nublado y no hace ni frío ni calor, o lo que yo llamo: Hace “calorfrío”. Me emociono. Y me doy cuenta de que los familiares, amigos y parejas que apoyan, aunque no corren, también hacen el maratón: pasan la noche pintando pancartas de apoyo, se duermen temprano en solidaridad con su corredor, y se levantan de madrugada para llevar al punto de salida al máximo orgullo de la casa ese domingo (o eso imagino yo). Algunos hasta mandaron imprimir playeras con el nombre y número del runner.

Los fotógrafos tratan de obtener la mejor toma de los corredores. Edgar se me pierde un rato para irse a tomar fotos y yo, con mis 1.58 de estatura, trato de tomar la foto de los Rebel Cats para mandarla al H. Área Digital.

¡¡Ánimooooo es el último jalóoooon!! Grita el conductor del evento, cuyo nombre (perdón) ignoro, y grita algunos de los nombres que alcanza a leer en el distintivo de los corredores: ¡Ánimo Karina! ¡Ánimo Brenda! ¡Ánimo Daniel! ¡Ánimo, ánimo, ánimo!

Nos avisan que los primeros corredores ya llegaron a la meta, que ya nos regresemos. Edgar y yo nos volteamos a ver como diciéndonos: ¡No! Ya llegamos hasta acá y ahora lo terminamos!! Vámonos a CU.

Nos vamos a CU en Metro y nos bajamos en la estación Copilco. Caminamos hasta el Estadio Olímpico. Sí, desde Copilco hasta el estadio (no es mucho, pero tampoco es poco). Subimos el puente peatonal que cruza Insurgentes Sur y tomamos fotos del contingente de corredores que se acerca a la meta. Uno grita: “¡Ya llegamos!”, y pienso: “¡Eso!”. Ok, pensé una grosería pero no puedo ponerlas.

Preguntamos por la puerta de entrada de prensa, nadie nos sabe dar razón. Unos dicen que es la 23, otros la 24 y otros la 25. De tin marín. Nos metemos por la 24 y no es la entrada de prensa. Es la primera vez que entro al Estadio Olímpico Universitario y me da esa sensación rara en el estómago que me da siempre que entro a un lugar enorme. El estadio está lleno en la parte abierta. En las gradas, la gente con pancartas sigue apoyando a su corredor, ¡qué aguante!

En las pantallas, el drama: un corredor ya no puede más, se le doblan las piernas y dos personas del staff lo cargan de cada lado para que pueda cruzar la meta. ¡Chin!, pienso, tan cerca y tan lejos. Tomo un par de fotos de las pancartas de apoyo. Van de lo más sencillo a lo más complicado: unas hechas con plumón y otras hechas de lona y especialmente diseñadas para la ocasión.

Edgar por fin logra saber dónde está la mítica puerta de prensa del estadio y nos dirigimos hacia allá. El cancerbero es un tipo con cara de enojado (también se tuvo que levantar temprano en domingo) que nos mira de arriba a abajo. Sólo puede pasar una persona: Edgar, es el único que tiene acreditación oficial del Maratón. Yo por las prisas, ni traje mi gafete del trabajo y trato de colarme con la credencial de Edgar. Fracaso porque Edgar y yo no nos parecemos en nada. De todas maneras hubiera sido inútil. El portero trata de regañarme y yo, como no quiero pleitos le digo a Edgar: nos vemos a la salida.

 

 

Me voy resignada y ya cansada a sentarme a la banqueta mientras Edgar sale. Aquí el ambiente ya es de fiesta, ya nadie sufre, los corredores que quedan estiran sus músculos. Desayunan la bebida energética y el plátano que les regalan junto con su medalla. La música sigue sonando y yo veo pasar a la gente sentada en la banqueta. Sale el Sol y me pongo mis lentes. Edgar se tarda mucho e intento mandarle un whats pero no hay red. Por fin logra encontrarme y nos vamos.

Todo en el ambiente son corredores satisfechos de su proeza. Algunos lloran, sí, han logrado trascender sus propios límites y yo también lloraría si lograra correr 42 km. Otros se ven muy tranquilos, guardan silencio como quien habla consigo mismo. Otros más se van solos sin decir nada. están los que se toman la foto con la familia mostrando orgullosos su X (De MéXico).

Al final, con la cara y los brazos requemados, mientras veo los stands de masaje para los corredores, le digo a Edgar: nosotros también hicimos el maratón, y nadie nos da una medalla. Ja ja ja. Ok, no. Nos consolamos con un agua mineral y una sangrita preparada de las que venden en las Islas de CU.

Nos regresamos en Metro. Nos quitamos el sueño (sí, todavía no se nos quita), imitando al Tuca Ferreti, diciendo groserías. No paramos de reír. “Es el cansancio”, dice Edgar. Y seguimos riendo como locos mientras frente a nosotros, un señor que acaba de correr el Maratón nos mira sonriendo. No podemos parar de reír. Edgar es el mejor imitador del Tuca Ferreti. Me bajo en Centro Médico para transbordar hacia Chabacano y me voy por los pasillos riendo sola. Edgar sigue su camino. Bajo del Metro justo frente a un supermercado y camino hacia mi casa.

Hoy el Maratón fue dueño de la Ciudad de México y todo parecía girar en torno al evento. Algún día lo voy a correr, pienso. Y también pienso en la disciplina y rigor que hay que tener para hacerlo. Disciplina y rigor que no tengo.

Subo los 4 pisos hasta mi casa, me quito los tenis y duermo toda la tarde. Y sólo dormí para levantarme de nuevo e irme a ensayo a las 8 pm (sí, también soy actriz).

Casi a la medianoche llegué a casa. Mi roomie, que también es mi jefe (sí, el que me mandó a cubrir el Maratón) hace ejercicio en casa. Le digo que lo odio un poco, por haberme hecho levantar muy temprano a pesar de que sabe que I’m not a morning person. Me dice que al otro día me invitará la comida (lo cual no sucedió).

Todos hacemos el Maratón a nuestra manera.

No sé si este texto les haga la justicia suficiente, pero mis respetos tanto para los corredores como para los 2,800 voluntarios y las más de 10 mil personas que los apoyaron. Correr 42 km hacia el encuentro con uno mismo en una de las ciudades más pobladas del mundo y con altos índices de contaminación, no es nada sencillo. No cualquiera pues. “El Maratón no es para todos”, recuerdo haberle dicho a Edgar.

Una crónica de @sololoiis con fotos son de @Robotdice.