Madre, la mala palabra

La madre es uno de los personajes más importantes de nuestra cultura, pero también es una de las palabras conceptualmente más ambiguas del idioma español mexicano.


Madre” como tal proviene de la palabra latina mater (o del latín vulgar martre) y de acuerdo a los estudiosos se originó hace 6 mil años en algún punto del viejo continente donde se hablaran los lenguajes indoeuropeos. Incluso se cree que es una de las primeras palabras conceptualmente concretas de la humanidad.

Pero allí no para la cosa. La palabra “mamá” tiene muy pocas variantes en idiomas absolutamente alejados a los indoeuropeos, por ejemplo, los Quechua (Argentina, Bolivia, Chile, Colombia, Ecuador y el Perú), decían “mama” mucho antes de la llegada de los españoles (Pachamama, por ejemplo). Igual los chinos y los coreanos.

El lenguaje es una entidad viva y con 6 mil años de vida en que ha visto pasar conquistas y mestizajes, así que no es extrañar que a lo largo de su historia cambiara su morfología, fonética, sintaxis y, desde luego, en su semántica. En otras palabras: Esta madre de la palabra “Madre” al principio era una madre pero con el tiempo resulto ser otra madre y hoy como que ya nadie entiende bien a bien que madres es pero a final de cuentas como que vale un poco madres y aun así trataremos de explicar el uso de esta palabra en el español que usamos en México.
En su artículo “Algo sobre la historia de laspalabrotas”, la Doctora en Lingüística y Maestra en Letras de la UNAM, Margarita Espinosa Meneses, ubica la palabra “madre” dentro de uno de sus grupos semánticos de las groserías en México. Sus grupos son los siguientes:

  • Aquel en el que el insulto se basa en la comparación del hombre con los animales (¡eres un marrano!)
  • Aquel en el que los insultos giran en torno al sexo (¡caracoles!)
  • Aquel en que la palabra “chingar” es la palabra central (¡eso es una chingadera!)
  • Aquel en que la palabra madre es la palabra central (¡hijo de tu pinche madre!)
  • Aquel en el que las groserías hacen alusión a la baja capacidad intelectual de las personas (“¡Qué imbécil eres!”)

De acuerdo a la doctora Espinosa, en nuestra lengua, “las groserías poseen una carga semántica única, la cual no lograríamos expresar si las reemplazáramos con alguna otra expresión” en este caso la palabra “madre” que dependiendo su uso puede significar cantidad, importancia, calidad moral, estado físico, sabor, ubicación, enojo, furia, sorpresa, adjetivo calificativo y otros conceptos, caí todos de índole negativo.

Por ejemplo:

¡Que poca madre!: No tener vergüenza

  • Pura Madre: No me importa o que no le tocó nada en algún negocio.
  • Estoy hasta la madre: Estar harto, lleno de algo
  • ¡Madres!: Onomatopeya de sorpresa
  • Ni madres: NO
  • ¡Vamos a darle en la Madre!: Venganza
  • ¿Qué es esa madre?: Especulación
  • ¡Trágate esa madre!: Comételo
  • Gano una madre: gano poquito
  • Es una madrecita: es algo pequeño, pequeñito.
  • ¡Qué poca madre fue mamá!: Pasado imperfecto en el que recuerdas que tu educación no fue la mejor.
  • Partirse la Madre: Esforzarse o pelearse
  • A toda Madre: Me fue bien

Resulta irónico ver las diferentes expresiones negativas que puede tener el uso de “madre”, cuando comúnmente la palabra “padre” solo se usa para expresar el gusto por algo: ¡Esta bien padre! En México la “madre” es cualquier cosa.

Algunas de las máximas “malas palabras” que se pueden decir en México son aquellas en las que se conjunta el verbo “chingar” con la palabra madre. Esta conjunción alcanza su máximo nivel en las expresiones: “¡Chinga tu madre!” e “¡Hijo de la Chingada!

¿Por qué son tan ofensivas estas expresiones? En su “Laberinto de la Soledad” el gran Octavio Paz:

“A diferencia del “hijo de puta” de España que fue traído a América por los conquistadores y colonizadores, el “hijo de la chingada” tiene un origen y connotación diferente.

 

Cuando alguien fue traído al mundo por una prostituta, puede resultar socialmente algo diferente a un hijo de la chingada, por la razón de que el primero es producto de un acto consentido (la venta del cuerpo) y el segundo es el hijo de una mujer violada.

 

En efecto, se dice que los primeros españoles llegados a México no traían mujeres. Para desahogar sus ansias de sexo, tomaban a las nativas y se servían de ellas a la fuerza. Una gran parte de ellas resultaban preñadas y de ahí nacía un producto mestizo, generalmente rechazado y no reconocido por su padre y los blancos así como también por los miembros de su familia. Al paso de los años llegaron a ser tantos, que se empezaron a reunir para protegerse y formaron una raza bravía, pendenciera, a la defensiva, es decir, lo que define a un “hijo de la chingada”.

De ahí se forma un país en que los mestizos, los “hijos de la chingada” son mayoría y los indígenas puros y los blancos forman dos minorías en los extremos sociales y económicos. De modo que al pretender insultar a una persona, al decirle “hijo de puta” se le está refiriendo al producto de un acto consentido de una mujer que ofreció su cuerpo por dinero y por lo contrario, al llamar a alguien “hijo de la chingada” se refiere al resultado de un acto de abuso, de fuerza, de violación a una mujer.

En pocas palabras un “Hijo de la Chingada” es producto de la violencia y el que va a “chingar a su madre”, es porque tendrá coito con la progenitora. No de una madre real, sino de una metafórica como Paz lo exponía.

No una Madre de carne y hueso, sino una figura mítica. La Chingada es una de las representaciones de la maternidad, como la Llorona o la “sufrida madre” mexicana que festejamos el diez de mayo.

Las malas palabras (o groserías como le decíamos en la primaria) representan una invaluable válvula de escape a las tensiones de la vida diaria o al primer instinto de violencia que surge con el enojo. Es catártico, ¿pero qué tanto hablan de nuestra forma de ver el mundo?