“Les juro que vi a esas niñas caer”. Una crónica sobre el Sismo

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Hacemos un recuento de los hechos a través de una crónica literaria y fotográfica junto a Edgar Olivares para descubrir qué pasó la mañana del 19 de septiembre de 1985.

Tomar fotos de tumbas es difícil, es pesado. Sobre todo porque el cementerio ya no está allí, físicamente, sólo habita en la conciencia. Es lo que llevo dos días haciendo, tomando fotos de tumbas mentales. He recorrido parques, calles, plazas comerciales y monumentos que existen en un espacio que en otro tiempo fueran hogares, comunidades e historias.

Me pidieron que hiciera un especial sobre los lugares que fueron afectados por el sismo de 1985 y cómo es que se ven ahora. Como cambió la faz de la capital a raíz de un desastre natural para el que absolutamente nadie, estaba preparado.

El trabajo se completó. A lo largo de este texto podrá encontrar diferentes galerías fotográficas que fueron capturadas por distintas personas minutos después del terremoto, que son precedidas por fotografías de los mismos sitios en la actualidad. Se ha procurado tener el mismo encuadre de las originales en la mayoría de los casos.

¿Por qué tanto alboroto por el 30 aniversario del sismo?, ¿es qué nadie lo puede superar? Se preguntarán muchas personas. El 19 de septiembre de 1985, el día del temblor, es una fecha que quedó marcada en el inconsciente colectivo de los capitalinos que lo vivimos. Un recuerdo bien resguardado entre paredes de ladrillos hechos con una siniestra mezcla de sangre, huesos y tierra. Los que nacieron en el 86 y en fechas posteriores no lo entenderán. La gente que vive en los estados quizá no lo comprendan. Nos llamarán exagerados, porque no llegan a dilucidar a qué grado cambió la vida de los que aquí somos.

Hasta las 7:19 horas de ese día, yo era un pequeño niño de 6 años entusiasmado por el cambio sorprendente que representaba para mí ir a la primaria. Dos punto cinco minutos después yo era una persona diferente. No les cuento esto como un ejercicio de la memoria de un niño que trata de recordar los detalles de un evento traumático de hace 30 años. Les hablo con la frescura de quien lleva narrando esta crónica de hechos 2 o 3 veces al año durante los últimos 6 lustros. “La historia del Terremoto de alguien que vivía en el centro”.

Mi hogar se encontraba en la Calle de República de Argentina número 67, departamento 36. Era el 4to piso (quinto, si cuentan la planta baja como 1). Bien o mal, allí vivíamos madre, (que de una vez les advierto que se llama Anita, no Ana), padre, dos hijos y una tía, de nombre Aurora, que había llegado de Durango hacía un año para estudiar en la Escuela Nacional para Maestras de Jardín de Niños que está en Barranca del Muerto.

Nuestro edificio (y específicamente nuestro departamento que estaba en la azotea) tenía la peculiaridad de compartir barda con Casa de Moneda (lo que hoy es el Museo Numismático Nacional).

A las 7:18 de ese 19 de septiembre mi madre, mi hermana de dos años y yo estábamos en el baño. Mi madre bañando a mi hermana y yo secándome después del regaderazo, preparándome para la escuela. A muchos kilómetros de allí, mi tía se encontraba en el tercer piso de la Nacional de Educadoras platicando con sus amigas en un balcón y mi padre sabrá Dios en qué punto se encontraba entre la casa y su trabajo en el Hipódromo de las Américas.

A las 7:19 el mundo decidió que era buen momento para sacudirse con la fuerza de 8.1 grados Richter. Todo se convirtió en polvo. Mi madre sujeto fuertemente a mi hermana en los brazos y cerró como pudo la puerta del baño. Me jaló hacia ella y nos “hicimos conchita”. Un estruendo ensordecedor surgió de no sé dónde. Yo tenía los ojos bien abiertos, no recuerdo tener miedo, pero tampoco recuerdo que estuviera seguro de lo que estaba pasando. La puerta se abrió de nuevo de forma abrupta y un cacho de la pared de la sala había dejado de existir. Entre el polvo se podía distinguir una escuela de señoritas que se encontraba en un edificio de la Calle de Apartado, frente a la panadería “Tampico”. Juro que vi la silueta de una chica aventándose del edificio mientras este se desmoronaba por el sismo, es una de las cosas que más recuerdo de mi vida.

 

 

Luego todo fue silencio por un segundo y después fue griterío. Los vecinos se voceaban unos a otros para saber si vivías o morías. “Anita, Anita ¿Dónde estás?”, en el baño, respondió mi mamá que se puso unos pantalones de mezclilla y una camiseta antes de sacarnos, a mí en calzones y a mi hermana envuelta en una toalla. “Cuando abrí la puerta vi pura tierra, porque se cayó la barda de Casa de Moneda (en un hueco que había en medio de nuestro edificio en que se podía ver hasta el primer piso). Todas ventanas que estaban abiertas en ese momento se las llevó la barda, que cayó sobre un departamento que servía de bodega de ropa, de unos judíos”, me contó mi mamá cuando le pregunté sobre lo que recordaba de ese día.

Según mi mamá nos ayudó a salir un vecino, “Jorge, el esposo de Bety”. Los guardias de Casa de Moneda llegaron para vernos, bueno más bien a ver qué había pasado con la barda. Llevaban fabricando efectivo desde 1848 y no iban a permitir que un desastre natural fuera el pretexto para que se les metiera un “caco”. En la azotea había una barda de un metro de alto que nos separaba del vacío, yo me asomaba sobre ella para ver a los guardias armados. Al verlos metralleta en mano pensé que estaban jugando. Cosas de niños que contemplan el caos que antecede a la distopía en el patio de su casa de azotea. Lo normal.

“Los policías nomás protegieron Casa de Moneda, ellos no fueron al edificio. Nomás de allá cuidaban todo, lo que tenían que hacer. Su trabajo.”

Los guardias preguntaban una y otra vez “Están bien, están bien”, sin soltar las armas. Mi papá llegó corriendo. Al ver que estábamos bien regresamos a la casa a vestirnos. Nuestra pared no se cayó del todo, pero si un cacho y se metieron a nuestro departamento unas estructuras de metal que estaban en Casa de Moneda. Si hubiéramos estado en la sala, quizás esto no lo estaría contando. Nuestro edificio y el de a lado fueron de los pocos en donde no hubo muertos en los alrededores. Fue suerte, pues en esos 2 minutos y medio alrededor de 10 mil personas murieron, 40 mil resultaron lesionadas, y 150 mil se quedaron sin hogar. Más se han tardado ustedes en leer hasta este punto que en lo que pasó todo eso.

Mi padre desapareció de nuevo, partió en busca de mi abuela. Mi mamá agarro a sus dos hijos y se fue en busca de su hermana.

“Nosotros nos salimos del edificio y caminamos y caminamos para ir a buscar a Aurora -mi tía-. Camine con ustedes hasta Insurgentes a la altura de Reforma. No derecho, nos fuimos entre las calles. Había mucha tierra en todos lados, sirenas, La Latino tenia todos los vidrios rotos” recuerda mi madre. Había escenas de muchos tipos, pequeños incendios, gente corriendo de entrada por salida a edificios y negocios. Yo en particular recuerdo dos imágenes de esa mañana en el Centro Histórico. La primera es una larga humareda en Eje Central y la otra imagen son “montañitas” de zapatos que había en medio de una calle y aun no sé por qué.

 

 

En Insurgentes un señor paró su camioneta y nos dio un raite hasta Parque Hundido. Recorrimos buena parte del avenida, pero sinceramente no recuerdo mucho de eso. Raro, porque pasamos en medio de la Colonia Roma, que también quedó muy dañada. En este tiempo vivía mi amiga Alejandra Espino (artista, historietista y muchas cosas más) quien me narró sus recuerdos de aquél día.

“Yo vivía en calle de Chihuahua. Acababa de entrar a la primaria, pero me acuerdo muy bien. Estábamos desayunando y mis papás nos llevaron al arco de la escalera asustados. Yo no entendía que pasaba. Mi papá me abrazó y ya sentía que todo se movía, y veía cómo se caían cosas y se rompían a mis pies.

 

Cuando se terminó vi que todo en la casa se había caído: platos, cosas de vidrio, libros, las esculturas de mi papá. Todo estaba caído y roto.

 

Entonces llegó el papá de unas compañeritas con las que hacíamos ronda para ir a la escuela, tocó la puerta y se veía pálido y fuera de sí, y detrás de él no alcanzabas a ver la calle porque todo era polvo.

 

Al día siguiente salí a la calle y vi militares por todos lados, gente sacando cosas de sus casas. Se cayó una escuela. Se salvaron los que llegaron tarde a clase. Mi papá se fue a sacar gente de los escombros”

Llegados a Parque Hundido, agarramos otro raite Barranca del Muerto. Había mucha gente dando aventones por las avenidas. Sólo por ayudar. Cuando entramos al número 94 de la calle Gustavo E. Campa todo era llanto de las estudiantes que se reunían con sus familiares en la Nacional de Educadoras. En medio de la histeria mi tía Aurora esperaba sentada en una jardinera sin la más mínima idea de lo que estaba pasando. Ella así narra todo lo ocurrido.

“Yo tenía 16 años y un año (viviendo) en la Ciudad de México. Yo no sabía lo que era un temblor, nunca lo había vivido. Ese día comenzó a moverse todo y me dijeron mis amigas “cálmate porque este es un temblor, se está moviendo la tierra.

Pasó el temblor. Comenzaron a escucharse muchas ambulancias. Nos bajaron al patio y allí nos quedamos hasta que llegaran los familiares. Mi escuela estaba enterita. No me espanté en ese momento.

… Estuve esperando a tu mamá como 3 horas. Se tardó mucho porque no había transporte. Yo no tenía miedo, porque yo no sabía que había pasado.”

Quiero hacer una pausa para decir que mi tía Aurora es un problema cuando hay un temblor, por más pequeño que este sea. Se pone histérica, da vueltas sobre su eje mientras agita las manos y grita. Dicen que en el trabajo es otra persona, que actúa rápido y eso, pero en la casa es alguien diferente. La pregunta es ¿si no le dio miedo el temblor, por qué se pone así?

“De aquél lado no pasó nada. Todo fue cuando yo me regresé a mi casa, donde vivía. Pasé por Reforma, por Tlatelolco, vi como estaba todo destruido. Cuando llegamos a la casa vi la pared que se había caído junto con la barda de Casa de Moneda. Pero mi impresión más fuerte fue que en la calle de Perú (Apartado) había una escuela de señoritas que se vino abajo ¡Toda la escuela! Los papás estuvieron días, esperando que sacaran los cuerpos de sus hijas. Después de ver todo lo que hizo el temblor a la ciudad en 1985 me da mucho miedo”. Desde entonces el mayor temor de mi tía quedar “enterrada viva”.

A la casa regresamos de aventón y un tramo en un taxi, por increíble que parezca. Todo estaba frio. El ambiente era gris. No es una metáfora.
En la tarde, cuando por fin regresamos a la casa ya no nos dejaron subir. Nuestro edificio fue uno de los 53 mil 385 inmuebles que resultaron dañados en el sismo, pero al menos no fue uno de los 757 que se vinieron abajo.

Esa noche mi familia se quedó a dormir frente a una accesoria que estaba cerrada, en el cruce de Argentina y Bolivia. El señor que nos sacó del departamento (Jorge, el esposo de Bety), prestó su taxi a mis papás para que mi hermana y yo pudiéramos dormir junto a sus hijas.

Allí estaban todos los adultos tirados en la calle, fumando y bebiendo café surgido de quien sabe dónde, platicando de “qué iban a hacer”, en lugar de pasarlo bien en el cine Tlatelolco viendo “Mexicano… tú puedes” o “La historia sin fin” en el Opera.

Al día siguiente llegaron los soldados. Nos dieron de comer y unas cobijas amarillas. Todo el día fue de esperar entre escombros y buscar un baño en donde hacer nuestras necesidades. Parece estúpido que ante tanta tragedia eso parezca importante, pero lo es. En muchos lugares que estaban más o menos de pie, nos dejaban hacer del baño.

En la noche del 20 nos dejaron entrar al edificio de nuevo para ver si podíamos sacar algo. Allí es donde todo se puso feo. Estábamos en la puerta de la casa cuando comenzó a temblar de nuevo. Estábamos mi mamá, mi tía, mi hermana, Joel (el que era novio de mi tía en el 85) y yo. Todos abrazados.

– No chilles ¡Reza, Aurora, reza!
– Santa maría, madre de Dios ¿que sigue Ana, qué sigue?
– ¡Que te calles porque estas espantando a mis hijos!

Fue la conversación real que tuvo mi familia durante la réplica. Aurora cuenta que estaba tan espantada que se le olvido cómo rezar.

“Ese estuvo feo, porque como ya habíamos pasado por todo lo del anterior estuvo bien feo. Nos abrazamos todos. Desde Casa de Moneda nos alumbraban con una lámpara mientras gritaban “No se muevan, no se muevan” y nosotros grite y grite y llore y llore, porque éramos los únicos que estábamos hasta arriba. Pobres guardias, ellos nunca se pudieron salir de allí” me dijo Anita Álvarez.

En la réplica lo que quería era salirme del edificio porque tronaba muy feo. Yo estaba súper espantada. En el primero yo no sabía que consecuencias tenía un temblor, pero cuando regrese a la casa y vi las consecuencias, en la réplica yo ya sabía. Ya sabía que se podía caer el edificio y podía quedar enterrada” recuerda Aurora Álvarez.

Si el terremoto del 19 fue un shock, el del 20 fue terror real. Como pocas veces lo han vivido los capitalinos. Mi amigo, el ilustrador y animador Jorge Zuñiga lo describe muy bien cuando dice que esa fue la verdadera paniqueada general. “Es lo más parecido que me ha tocado vivir a una película de Roland Emmerich”, afirma.

El periodista Guillermo Guerrero, también tiene su versión de esa noche:

Para los que vivíamos en las orillas (en la zona de Mixcoac), el 19 de septiembre transcurrió con relativa normalidad. En la televisión pasaban imágenes del centro y no podíamos dar crédito. Pero no había transporte y nos prohibieron acercarnos a la zona afectada.

Al otro día, muchas familias nos reunimos para comentar lo que sucedió. Mi papá trabajaba en el centro y nos contaba cómo los edificios estaban caídos y la gente estaba aplastada. Justo en ese momento comenzó la réplica y fue más angustiante que el mismo sismo del día anterior porque ya sabíamos de la destrucción. La gente comenzó a llorar, se fue la luz. Por supuesto para el sábado todos esperábamos la tercera réplica fuerte, que no llegó.”

 

A final de cuentas, la incertidumbre es lo que jode. Desde esa noche, todos los capitalinos estamos esperando el sismo que termina de una vez y para siempre con todos ¿Por qué lo vamos a negar?

De regreso a Republica de Argentina 67 nosotros descendíamos por las escaleras en completa oscuridad. Arriba mi mamá estaba muy valiente, pero al pisar la calle se desmayó. “Cuando desperté ya me tenían lista para llevarme a un hospital y yo dije No. Aurora gritaba. Tu papá andaba con su mamá. Ustedes estaban conmigo. Nos agarró solos”, se acuerda mi madre entre risas nerviosas.

Los siguientes días fueron deprimentes. Todo comenzó a oler a muerto. Ese olor peculiar que se genera entre podredumbre. Un picor en la nariz que recuerda a la mezcla de orines y leche cortada. La gente lloraba a la menor provocación. Unos calladitos, otros en teatrales lamentos. No recuerdo que alguien se pusiera a rezar en la calle, pero si recuerdo muchas “juntas vecinales”. Gente organizando gente para ir a sacar a más gente de quién sabe dónde, porque alguien dijo que en la noche se escuchaban llorar y pedir auxilio y eso bastaba para hacer el esfuerzo de querer sacarlos vivos o cómo fuera, pero sacarlos. No había autoridad dirigiendo. Había gente haciendo lo correcto. De todo, eso es lo que yo más recuerdo.

Todos andábamos bien mugrosos, porque no nos cambiábamos, ni nos bañábamos, más el terregal. Así como nos salimos del baño (el 19 en la mañana), nos pusimos ropa y ya no nos cambiamos. Ya llevábamos 4 o 5 días así. Me cuenta mi familia que en unos baños de vapor que estaban en Nicaragua nos dejaban entrar al baño. Solo al baño, pero no a bañarnos.

Después de mucho buscar, dio con nosotros un familiar lejano de mi mamá que también era de Durango, sólo que él vivía con su familia en la unidad El Rosario. Le dijo a mi mamá que nos teníamos que ir a Pasaje, Durango, de donde es toda mi familia materna, pero “primero venga porque la quiere oír su papá, que está bien preocupado por usted”. Nos llevó a Ferrocarriles, en Buenavista. “Allí por Telégrafos nos comunicamos con mi papá. Por un “como teléfono” que había allí”.

 

 

Cuando cuenta algo mi mamá no se pone triste, triste. Sino que disimula con risas nerviosas mientras se mueve en su silla. Cuando se acuerda de cómo llegamos a la Central “mugrosos, con hambre y sin ni un cinco” se le llenan sus pequeños ojitos de lágrimas. Me acuerdo como en esos días no nos soltaba ni a sol ni a sombra y a mí la verdad es que también la fachada de “chaparro malora” se me quiebra un poquito. Ella recuerda:

“Ya cuando llegamos a la Central del Norte, en la taquilla David Martínez (nuestro pariente) preguntó “¿Cuánto cuestan los pasajes?”, no pues que tanto. Luego voltearon y nos vieron y dijeron “son para ellos”, no pos si, ¿para dónde van?, a Cuencame, ¿son de los damnificados?, sí, no les va a costar nada. Nos fuimos gratis”

Estuvimos en Durango un mes sin saber nada del D.F, pero no por ello estuvo fácil. Mi mamá y mi tía salían corriendo de la casa cuando veían que algo se movía sin razón. Una silla, la mesa. Le tenían miedo hasta al viento.

Cuando regresamos (porque le hablaron a mi tía de la escuela) la cosa no estaba mejor. La gente buscaba donde vivir, porque estaban en la calle, con frio, hambre y sin servicios básicos. Pero no había donde vivir, no había casas. La gente vivía como en plantón en las calles. Mi abuela paterna fue una de esas personas. Vivía en la colonia Morelos. Su edificio resultó afectada y ya no la dejaron entrar, vivió en la acera de enfrente a su casa por un buen rato, hasta que abrió una accesoria abandonada y se metió a vivir allí con sus cosas.

Meses y meses y la gente seguía en la calle. Era algo que dolía ver. Hilitos de concreto por doquier sostenidos de pura voluntad o por el viento. Qué se yo.

Hasta que las autoridades hicieron un recorrido y veían en donde sí se podía vivir. Entonces todo era felicidad porque te podías meter a tu casa de nuevo, pero muchos no se metían de nuevo porque tenían miedo de que todo se derrumbara en el siguiente temblor.

 

 

A nuestro edificio regresaron a vivir muchos vecinos, pero nosotros no fuimos afortunados. Nuestro departamento si fue muy afectado por la barda de Casa de Moneda y la estructura metálica que atravesó la pared.

Perdimos nuestra casa y nuestras cosas, no pudimos sacar nada. El terremoto nos aventó hasta Ecatepec. Llegamos y comenzamos de cero, como muchas familias más lo hicieron. Ni modo, así es esto. Ahora la escuela ya no me quedaba cruzando la calle, tenía que hacer dos horas. Mi tía (que le faltaban 3 años más de carrera) se aventaba 4, igual mi papá a su trabajo y así las cosas.

Mucho trauma para tan poco tiempo. Y eso que a nosotros nos fue bien. Aprendí mucho en esos días, sobre todo aprendí lo que es la muerte y la solidaridad. La real, no la del eslogan político.

Para ejemplificarlo me permito compartir una historia que me contó Alejandra Espino.

“Un día, que todavía vivíamos en la Roma, llegó un señor grandote, y preguntó por mi papá. Yo no entendí por qué lloraban, pero después me contaron que mi papá había sacado a ese señor de los escombros. Que tenía la cabeza sangrando y gritaba, y mi papá se lo echó al hombro y lo sacó. El señor estuvo preguntando quién había sido porque no recordaba, hasta que lo encontró.

 

 

Ahorita lo pienso y me parece increíble. Dice mi papá que no sabe cómo lo cargó, porque era grande y gordo, pero dice que ni la pensó para cargarlo y sacarlo.”

No conozco al padre de Alejandra, pero desde estas humildes líneas le doy las gracias. A él y a todos los que hicieron lo que él hizo. Recuerdo a las brigadas de desconocidos ayudándose entre sí, movidos por la esperanza de encontrar con vida a sus iguales.

Si hay quienes se inspiran en el “espíritu del 68” yo me inspiro por el del 85, porque nunca antes el pueblo estuvo tan unido entre sí mismo. Unidos para hacernos el mayor bien posible y no al contrario. Deberíamos intentarlo sin tragedias de por medio ¿Que podemos más perder?

 

Texto y fotos del 2015: Edgar Olivares